7:00. Suena el despertador. Fiel a su liturgia matutina, saltó de la cama y puso sus pies en el suelo .A él, le gustaba despertar con el frío de la baldosas. Le hacían sentirse vivo, que la vida continuaba, que tendría que enfrentarse, otra vez, al café frío, a “otra ronda más” y “yo no pedi esto”, al edulcorante reclamado por la chica que quiere bajar de peso, y a repetir una y otra vez un menú que gastaba su garganta. Después fue al baño, y se miró en el espejo. Le gustaba la respuesta que le devolvía, aunque una noche de insomnio hubiera castigado su rostro con ojeras, aunque descubriera una nueva arruga o alguna cana.
A él le gustaba mirarse en el espejo. Cuando aún no sabía distinguir el bien y el mal, cuando los únicos misiles que conocía eran las caricias, tan sólo reclamaba una cosa, tan sólo tenía un deseo en la vida, por eso cuándo alguien le preguntaba qué quería ser de mayor, él respondía “Un hombre”. Después venía una carcajada sonora acompañada por un sin fin de comentarios sobre las ocurrencias de chiquita. Pero después vino el carnaval, y su negativa a ser princesa. Y después vino la comunión, y ese traje tan pomposo, y otra vez a ser princesa, y otra vez a decir que no. Tenía aversión a la ropa y odio al baño. Y al espejo. Y al crecimiento de sus incipientes pechos. Y a ese vello hirsuto que iba invadiendo su estafa y su mentira, que iba conquistando su falso sexo. La ducha era su infierno, y el agua su enemigo, por eso siempre se ducho con una camiseta, para evitar desnudarse al completo, para no mirar esa verdad no sentida, para esquivar tocar unos senos no queridos. Así con ese trapo se ahorraba los insultos del espejo, pensaba él. Sea como sea, quería deshacerse de ese cuerpo que no le pertenecía.-
Ahora la gente de la calle le dice Juan. Ahora él, aún tiene pechos, útero, vagina y ovarios, pero también entradas, y barba. Ahora más que nunca, le gusta mirarse en el espejo.-